Hace tiempo que dejé de creer en el destino, en que las cosas estuvieran predestinadas; porque si fuese así, el destino la ha tomado conmigo. Yo no me imaginaba mi adolescencia (esa cosa que dicen que es la etapa más bonita de la vida) tan oscura y mierda. Llorar cada noche por esa que se refleja en el espejo se ha convertido en costumbre, pero siempre no ha sido así. Siempre fui una niña acomplejada por el físico, pero no por el número del peso. Sin embargo, hace tanto tiempo de eso, que no recuerdo la sensación de comer con ganas y despreocupada por las malditas calorías. Mis cambios de humor y la falta de explicaciones por mis actos "preocupan" a los que me rodean. Si, "preocupan", porque no preguntan sobre ello. Desahogo es lo que necesito. Ellos no entenderían nada, ni las lágrimas ni la sangre. Detrás de esas falsas sonrisas se oculta una enfermedad que me mata poco a poco...